COMO UNA SELVA DE ESPEJOS
Zoé Valdés

Intensa, aunque serena; interiores plenos de esquirlas, fragmentos de estatuas que gravitan entre mosaicos, pisos de madera antiquísimos, jardines, escaleras desafiantes craquean cuando la huella palpita en un mar de silencios, ventanales insondables: La calma y la perenne creación inventiva reinan, sin fin, en la obra pictórica de Andrea Carreño. Una obra monumental, pese a su juventud. Una obra que trasciende su ascendencia misma hacia una selva difuminada en espejos, donde el verdor de las hojas y las sombras de los troncos majestuosos de las ceibas se transforman en conjuntos de bosques armoniosos europeos, y en geografías sudorosas en manos abiertas.

Me apasiona observar un cuadro, y entrar en puntillas en su universo, lo que no acontece con facilidad a diario. En la obra de Carreño tampoco suele ser fácil, su pintura está llena de enigmas artísticos, no sólo visuales, también literarios, además musicales, de cada espacio emana una clave para descifrar el misterio, el cosmos poético de Carreño, su hipnótica seducción; la llave puede estar escondida debajo de una nota melodiosa, o de un trazo ancestral, o esculpida encima de la lectura de los clásicos latinoamericanos, porque estamos ante una obra borgiana y donosiana, de Jorge Luis Borges y de José Donoso, aunque también le añadiría versos de aquel poema de Dulce María Loynaz: Últimos días de una casa.

Entro suavemente en el interior, desbordado de otros interiores, que enlazan un salón de una casa en Chile, con un jardín parisino, o una habitación habanera o un corredor camagüeyano. Camino encima de las losetas del piso como por sobre un tablero de ajedrez, trepo por los azulejos como un lagarto fugándose hacia los ramajes espesos del monte; disimulada muto en diosa griega, cincelada con un clavo dorado, encima del líquido tibio, y cuya materia es la leche materna, la sabrosa leche del recuerdo, ese punto donde la memoria es blanca, nacarada, y tal pareciera que bastase una simple gota oscura para que el aroma del café tiñera nuestra mente de vívidos paisajes sollozados.

Andrea Carreño posee un sentido muy lírico de los espacios, pero además, otro sentido, sumamente arquitectural del lenguaje, babeliano, jüngiano, de Ernst Jünger, de construcción de los sueños como idiomas supurados desde laberintos, aprendidos y fabricados con la materia de los acantilados, sean de mármol o de la corteza de los árboles, quizás de las puntas abolladas de los muebles, de cabezas flotantes, de estantes o paredes que, iluminadas desde la pincelada, penetran como bocanadas de sol, en el interior más insólito que ella haya podido imaginar: el de la constante y perpetua evocación onírica.

Hija de uno de los más grandes pintores cubanos y universales: Mario Carreño, Andrea Carreño ha sabido -sin embargo-, a través de su solo empeño, sembrar y hacer brotar la semilla que proviene, precisamente de otro padre, del cemí taíno, aborigen cubano, y entonces, de ahí, ha ido creciendo y enriqueciéndose a través de un mestizaje natural –doloroso como suele ocurrir con cualquier mestizaje- pero también festivo, en esa festividad del nacimiento “aquí” que cantó José Lezama Lima, y que veneró el padre de la pintora, con una obra opípara de deseo, en un “allá” aún más imperecedero.

La obra de Andrea Carreño es eso: un perpetuo nacimiento deseoso, un parto luminoso e infinito de la sombra, cuya criatura corretea y se revuelca jubilosa en esa selva rutilante de espejos.

 

Zoé Valdés
París, Diciembre del 2009.